Era el típico día en casa de “los abuelos”, cuando en un mínimo momento de despiste mientas mantenías una conversación banal, le pierdes de vista directa. Os juro, que no sé como lo hizo, pero ahí estaba desempaquetando una vieja caja (ni idea de como la bajó ni quería saberlo) y juntando una cara de incredulidad y felicidad, con una mirada pérdida fascinada por su último hallazgo: el Exin Basket de su padre.

Supongo que en esta época de tecnología donde puedes emular a tus ídolos como si fueras ellos, donde tienen de todo porque se lo damos todo, a mí me extrañaba que prestase tanta atención a aquel viejo juguete, aunque no puede evitar como recordar como yo me pasaba tardes enteras en el pueblo disfrutando del “Juegos Reunidos” de mi tío.

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El candando del baúl de mis recuerdos se había roto y por mi mente circulaban fotogramas a toda velocidad que creía tener olvidados en un fondo sin retorno. Allí estábamos con un paño húmedo limpiando el Exin Basket, los tres botones aún emanaban corrientes de aire que provocaban que el balón fuese de un lado a otro, las canastas seguían vivas (El esparadrapo obra milagros), el marcador giraba desde o a 99 sin detenerse en alguna maldita cifra, las redes apenas se habían doblado (y estaban a al altura reglamentaria de “mi reglamento”), y la bola de poliespan que en su día fue naranja y redonda, tenía aspecto blanquecina y ovalada pero seguía viva para cumplir su función.

Fueron más de dos horas, sin parar, hasta empezaba a sentir las muñecas entre doloridas y entumecidas. Rojos contra verdes, varios partidos, y mi oxidada clase (un botón de los míos funcionaba regular aunque no sea excusa) nada podía hacer ante el que tiene por edad las cualidades potenciadas para aprender de forma exponencial en cualquier territorio inhóspito. En quince minutos, ya me cortaba pases con sus corrientes de aires con una precisión digna del mejor reloj suizo, o anotaba sus tiros (1 punto desde cerca, dos desde el medio, tres desde las esquinas lejanas) con una facilidad pasmosa como en un día tonto de Don Stephen Curry. Estaba emocionado, él y yo, un juego de papá, del deporte que vuelve loco a papá, y que poco a poco le va entrando a él por el aro.

Se acabó el tiempo, el Exin Basket volvió a su caja. Y lo miré fijamente, sin ojos de despedida, pero si con cara de dudas de cuando volveríamos a juntarnos. Pensé en aquellas tardes con los amigos viniendo a jugar a casa porque llovía fuera, sus caras extrañadas de que no tuviera el mítico futbolín, y si un juego de canastas, para acabar ellos fascinados por el Exin  Basket. Pensé en los recreos en la cancha de baloncesto invadida por partidos de fútbol improvisados que te decían que les molestabas cuando practicabas tus tiros a canastas, o las caras raras porque el balón que llevabas era un balón de color tricolor.

Me vinieron  a la mente, toda las tardes de Exin Basket, donde jugaba partidas imaginarias entre dos equipos que leía en la Gigantes (una, porque para ahorrar para una tardaba semanas), llegaba a poner nombres para ver quien era el máximo anotador de cada equipo (stats avanzadas de aquella era), y disfrutaba de la visión de la bola entrando por la canasta. Podía pasarme horas enteras, porque en el ordenador de cinta (Amstrad) me cansaba rápidamente de perder al juego de Fernando Martín y no pasar del nivel novato. Pero esa es ya otra historia para otro día…

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