Tengo un íntimo amigo que siempre me dice que los entrenadores necesitamos una camisa de fuerza. Que somos unos locos indomables y que, por más palos que pongan en nuestras ruedas y por más hostias que nos dé la vida, perseguimos nuestros sueños hasta las últimas consecuencias.

Probablemente sea así. Y seguramente resulte difícil de entender para alguien ajeno a la profesión. Estamos dispuestos a embarcarnos en aventuras de tránsito incierto. Robamos horas, casi siempre por voluntad propia, a nuestras familias. Incluso les despojamos de la convivencia, yendo a entrenar a remotos lugares, lo que nos obliga a hacer funambulismos que no siempre tienen red.

Entrenar en España, aunque sea lejos, con frecuencia proporciona un cierto margen. Algún partido que se juega cerca y concede una escala; aunque sea breve. O buenas combinaciones que permiten alguna que otra visita.

Entrenar en el extranjero es otra cosa: nos empuja a lo desconocido. Nos lleva a escarbar en rincones escondidos de nuestra mente. Pone nuestra fuerza de voluntad al límite. Nos obliga a abrir aún más los poros, a empaparnos de cuanto nos rodea, a mimetizarnos con el medio para ser uno más lo antes posible. Resulta primordial dejar de ser un extraño. O mejor aún, dejar de sentirse como tal para comportarse como uno mismo.

Antes los entrenadores españoles no salíamos al extranjero. Como todo el mundo, tengo mi teoría: llegó a haber cuatro ligas, tres de ellas completamente profesionales y otra, como la LEB Bronce, casi en su totalidad; lo que significaba un número de puestos de trabajo que hoy no existen. Los contratos de aquellas épocas distaban mucho de los de ahora. Y hoy se apuesta más por los entrenadores de la “casa”; lo cual me parece estupendo, dicho sea de paso.

Esas circunstancias nos han empujado a muchos a salir a buscarnos la vida fuera de nuestras fronteras. Y la generación del 80 nos abrió las puertas. Se dice de nosotros que somos los yugoslavos de antes; hay entrenadores españoles en cualquier parte del globo. Y la gran mayoría con éxito.

Como muchas otras profesiones, ser entrenador no es algo fácil. Pero hacerlo en otro país: con un idioma diferente, con distintas costumbres o con estilos de juego que poco o nada tienen que ver con los que aquí, eleva el reto a la categoría de desafío.

Por otro lado, todas estas circunstancias que podrían convertirse en un obstáculo, deben transformarse en algo estimulante que nos permita crecer a nivel personal y profesional. De no ser así, no habrá otro resultado que el fracaso.


Félix Alonso

Entrenador de Baloncesto

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